Everardo Woi dejó de teclear y dio por concluida su decadente jornada laboral. Su trabajo como Freelance Digital le dejaba exhausto al final del día. Intuía que consumir sin filtro y sin alternativa pop ups, emails-spam y contenido basura tenía mucho que ver con su cansancio físico.

Ahora se encontraba en un hostal de mala muerte de Kaunas, ciudad que por otra parte, le hacía recordar a Gotham, la ciudad natal de Batman, por su oscuridad y frialdad. Woi estaba inmerso en uno de sus viajes por el extranjero que tanto anhelaba realizar al comienzo de su estilo de vida nómada y digital. Sin embargo, era uno de esos días que se planteaba si realmente tenía sentido haber luchado tanto para acabar en el culo del mundo en un hostal de adolescentes juerguistas. Él ya tenía una cierta edad, y además ya había sido uno de esos adolescentes viajeros en el pasado. ¿Quizás se le habría pasado el arroz para hacer estas tonterías?

Todavía con estas cavilaciones en la cabeza, Woi en el fondo sabía que nunca renunciaría a viajar solo y pasar inadvertido como un espectador mudo en las ciudades y lugares que anhelaba conocer. Sin embargo, quizás debería empezar a cambiar el modo de viajar, austero y juvenil, por otro más sofisticado y propio del estatus actual que se supone que ostentaba.

La realidad es que ahora ya se podía permitir ir a un hotel en lugar de alojarse en un cubil de hostal, en esos camarotes de literas, con olor a choto, y con los huéspedes más variopintos, en cuanto a procedencias y comportamientos. En el fondo, se obligaba a forzar estos fortuitos y azarosos encuentros para salir de su rutina casera, solitaria y sosegada.  Pero ahora que ya puede vivir de su trabajo y viajar con una cierta flexibilidad, se da cuenta que también sus motivaciones no son las mismas que hace unos años atrás. ¿Quizás debería buscarse una novia? ¿dejar de ser también un lobo solitario en lo profesional y crear una estructura de empresa para metas más ambiciosas? Ambas cosas le daban una inmensa pereza. Y es que Woi no conocía otra forma más satisfactoria, discreta y libertina de transitar por la vida, que ser una especie de ermitaño cordial en cualquier aspecto socio-laboral de la misma.

viajar y trabajar estilo de vida

Sumido en estos pensamientos contradictorios, y en cierto punto desazonadores, Woi enfiló a la estancia de recreo del alojamiento, para relajarse revisando sus redes sociales personales. Hace un momento estaba renegando para sus adentros de estar lidiando con todo tipo de especímenes digitales, en una mesa de madera llena de mensajes en clave rayados típicamente con una llave de casa, del estilo Bob was here!, que disponía para trabajar en su habitación del hostal, y ahí estaba, listo para zambullirse de nuevo en el desquiciante universo de internet.

Woi, persona educada, tímida en cierto punto y afable en el trato, saludó con sus ojos, y una sonrisa, a la única persona que estaba sentada en el único sofá del antro de Kaunas: una chica rubia, de piel pálida y expresiones tristes. Woi sintió ternura por la chica y pronto hizo ademán por interesarse de dónde era originaria.

Soy de Vilnius- respondió en inglés, con voz de lija, seca, la chica.

El emprendedor digital le dijo que había estado algunos días allá hace varios años atrás y que le gustó mucho. Obviamente, esto último era mentira. Woi solo guardaba con cariño de esa triste ciudad el refregón que se dio con una madurita autóctona, y en claro estado de embriaguez, en una sala de fiestas de un barrio del centro.

A continuación, le preguntó rápidamente, para no perder la atención de la chica, a qué se dedicaba.

-Gestiono el marketing online de una empresa- dijo con un tono igual de frío que antes.

Un poco abatido por recibir de nuevo una respuesta poco efusiva, Woi decidió repentinamente no tirar de inmediato la toalla porque 1. No volvería a ver esa chica en su vida y 2. Estaba más solo que una rata en Kaunas. El emprendedor digital de éxito siempre solía repetir que los idiotas siempre encuentran una filosofía para justificar su idiotez. Entonces, ¿acaso él iba a tirar la toalla en esta exótica situación? No. Todavía no había nada de esperpéntico en ella. Todavía. Y si lo hubiera, sería una anécdota más que compartir con los amigos a su vuelta a casa. Además, a través del Erasmus y de alguna aplicación de citas, sabía de sobra que las chicas del este no eran las más cariñosas del mundo. Al menos, no en el primer contacto. O en el segundo.

Entonces a Woi se le pasó por la cabeza hacerle saber lo mucho en común que intuía que tenían los dos, el esfuerzo y los sacrificios personales que había hecho para ser un freelance digital de un éxito aceptable o las ínfulas hemingwayanas de viajar en busca de aventuras, ahora que por fin había conquistado su bien merecida flexibilidad laboral. Sin embargo, Woi instintivamente sacó su vena más ácida, que tanto suele mostrar, y empezó a despellejar los psicópatas que se encontraba en las redes sociales a diario, y que eran los culpables de que su mente empezará a volcar en todas direcciones: su estulticia, su narcisismo, sus traumas de infancia mal curados, aireados en posts a la vista de todo el mundo. Todo eso le repugnaba. Tampoco se libraron de su ración de crítica la competencia de su sector, que tantas ridiculeces hace para llamar la atención, o el uso de nombres originales, u infantiles, según se mire, para conseguir que algún pseudo-empresario que no haya salido de su pueblo, crea que contrata a Bill Gates para llevar la estrategia digital de su garaje de reparación de vespinos. Pero la cosa no acabó ahí, sino que Woi también le confesó que se sentía un poco culpable de haber conseguido su independencia financiera gracias a aprovecharse (en parte) de las formas de inteligencia humana más elementales que pululan en las redes. Por ser generoso.

De repente, Woi se dio cuenta que estaba traspasando el límite implícito de la confianza, que se establece de forma invisible entre dos personas que se acaban de conocer. Era consciente de que en situaciones de incomodidad recurría a menudo a hablar más deprisa de lo que pensaba, cosa que en su vida habitual jamás ocurría, debido a su natural introversión y análisis de cualquier tontería, por pequeña que fuera. Quizás fuera buena idea haberle hablado de algún plugin semi-desconocido de WordPress. Para su sorpresa la lituana respondió:

Sí. Está lleno de colgados en internet (crazy people everywhere) – dijo mirando radiante a los ojos de Woi con una clara mueca de complicidad.

Entonces Everardo Woi comprendió que esa noche todas sus elucubraciones sobre el destino personal y profesional que había diseñado de forma conjunta para su vida quedarían a un lado, porque al menos, por este momento, en Lituania, todo parecía tener sentido.

viajar como freelance digital

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